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El cumpleaños de Maite

Por Ayelen Rodriguez


Un martes Maite cumplió cuatro años, entonces su mamá decidió festejarlo el sábado siguiente para asegurarse que sea concurrido.

La niña tenía cinco hermanos en total. Dos de parte de su papá, dos de parte de su mamá y uno, que era bebé, hermano de padre y madre. Su familia numerosa ya aseguraba muchos invitados presentes.

Maite estaba muy contenta porque el sábado le iban a preparar su cumple con mucha gente, comida rica y una torta de dos pisos con forma de corazón. Así le había prometido su mamá.

Cuando llegó el sábado se puso su vestido rosado y una vincha de princesa comprada en cotillón. Recibió a todos los amiguitos del jardín de infantes con mucho entusiasmo y mientras los invitaba a pasar al patio donde estaba el inflable que le habían alquilado, rompía los papeles de regalo para sorprenderse con juguetes o desilusionarse con ropa. En su fiesta no había mucho más para hacer que saltar en el inflable con forma de castillo porque la familia era numerosa y el crédito que habían sacado originalmente para arreglar la pared del baño manchada de humedad, se destinó a comprar las zapatillas para los más grandes y un lechón con vinos, cervezas y gaseosas para la celebración del cumpleaños de Maite. Había que darles de comer a la tía Raquel y su prole de siete niños, así como a otros tíos y tías de distintos padres con sus hijos de distintos padres.

Por lo tanto, los niños saltaban y subían y bajaban una y otra y otra vez del inflable siendo el único atractivo de la fiesta. El peso mayor al sugerido, provocaba ruidos permanentes en el motor, que funcionaba al límite.

Los adultos, sin embargo, comían las variadas exquisiteces y los trozos del chancho, bebían de a litros, charlaban con algarabía, recordaban anécdotas, reían sin parar. De vez en cuando miraban a los niños para separarlos o gritarles. Varias veces en el inflable se daba algo parecido a una batalla cuerpo a cuerpo y alguno de los chiquitos se veía aplastado por algún otro de trece o catorce que, sin haber pagado el estirón aún, se veía como una bola granosa y fofa aplastando una indefensa criatura angelical.

Al rato, mientras los pichones se pegaban, tiraban de los pelos, empujaban y saltaban sin cesar, después de la piñata y antes de la torta, la abuela paterna de Maite, que tenía una pésima relación con su nuera, encontró un celular tirado en el patio, y viendo que los niños iban y venían y que ya estaba oscureciendo, decidió entrarlo al living. Callada, como había estado durante todo el festejo, la señora entró con el aparato en la mano, a vistas de todos que evidentemente estaban en otra cosa, y lo apoyó en el sofá donde se solían acomodar los caniches para la siesta que ese sábado no paraban de ladrar y saltar alrededor de los pibitos.

La abuela creyó que era el celular de algún adulto descuidado, que con el alma y el cuerpo entregado al frenesí del cerdo y el alcohol, escupía como un animal restos de comida a sus pares en conversaciones sin sentido, mientras las cumbias de fondo tapaban los espacios sin sonido que dejan los tragos largos; pero se había equivocado. No pasaron más de diez minutos para que Joaquín, el hermano de siete años de Maite, hijo de su madre con su ex pareja, entrara llorando y desesperado diciendo que no encontraba su celular. La madre, que había sacado de la heladera las trufas y magdalenas para acompañar la torta, interrumpió el plan y fue al patio a ayudar a Joaquín a buscar el celu, que por obvias razones afuera no estaba.

Entonces todo se descontroló. Porque la mamá de Maite, Joaquín y los otros, prontamente acusó a Ramiro, el vecino, de haberle robado el celular a su hijo. Cómo la madre de Ramiro también estaba ahí, lo defendió ante tal ofensa y empezaron a pelear. Mientras las madres discutían y el resto de los adultos presentes tomaban partido por una u otra mujer, la abuela por primera vez en todo el cumpleaños sonreía como quien disfruta de una cruel venganza, mirando cómo el celular estaba quietito en el sofá.

Joaquín seguía llorando, y el bebé, que dormía, se despertó por la discusión también llorando. A la pelea de señoras se sumaban los llantos de las criaturas que provocaban un desgaste total y un estrés absoluto, mientras que de fondo siempre y a todo volumen sonaban los timbales. No se sabía si era peor la música, el llanto, el motor del inflable, los caniches o los gritos, pero se hacía imperioso el silencio que para ese momento era imposible de lograr.

Maite y el resto de los niños que le creían a Ramiro por saber que él solo había estado saltando en el castillo desde que llegó, caminaban en círculos prisioneros de la tensión buscando el celular en el patio. Ojearon maceta por maceta, entre los chiches revoleados, por las piedras del caminito y abajo de las banquetas. Pero no estaba.

El papá de Maite, que siendo las seis de la tarde ya llevaba para esa altura por lo menos dos horas de borrachera, no paraba de insistir con que llamen al número de ese celular para que sonara y así poder encontrarlo. Sin embargo, ya le habían explicado que no tenía chip, y que era sólo para que Joaquín mirara videos de Youtube con el Wifi. Pero el hombre no entendía, y seguía proponiendo esa única solución que no hacía más que alterar a las señoras que entonces gritaban más fuerte, ahora las dos contra él, al unísono: "Ya te dijimos que no tiene chip, pelotudo". Escuchó la vecina del otro lado, clarito como el agua, que no había sido invitada por estar peleada con la mamá de Maite después de un incidente por el poste de la luz.

La abuela estaba dichosa, y se había comido un par de trozos de lechón en el mientras tanto, y tomado una copa. Reconfirmaba su hipótesis de que su nueva nuera era muy desconfiada y prejuiciosa, además de poco atenta, mientras relamía la mayonesa que sobraba del sanguchito de matambre que ahora tenía en la mano. En definitiva, el celular estaba a la vista, era cuestión de prestar atención, pensaba.

Mientras que la bronca seguía, Ramiro se puso a llorar por la acusación que recibió que si bien estaba justificada por su prontuario delictivo, esta vez no se trataba de nada de eso.

La abuela se sentía heroica, astuta, y protagonista, aunque nadie lo sabía, porque esta era de esas venganzas que se disfrutan en soledad. Ya habría tiempo para llamar a su ex nuera y contarle en confidencia el hecho y compartir la hazaña.

Mientras Maite y los otros se daban por vencidos, dejaron de buscarlo y también dejaron de jugar en el inflable porque la situación había opacado el ímpetu por lo corporal logrando que cada uno de ellos vaya a buscar su propio celular pensando que si le había pasado a Joaquín le podía pasar a cualquiera.

Entonces, la abuela, que estaba rozagante y viendo que Ramiro y su mamá ya se estaban por ir ofendidísimos, que sus nietos lloraban y que Maite la estaba pasando muy mal en su propio cumpleaños, observó que el corazón de mazapán que decoraba la torta estaba derritiéndose desde que su nuera lo sacó de la heladera. Fue ahí recién cuando, disimulada entre los otros cual actriz de reparto en un costado, tomó protagonismo, el único en toda la velada, para decir que creía ver que ahí arriba del sofá estaba el celular. Todos, chicos y grandes, giraron la cabeza y lo vieron, y se sorprendieron como quien descubre un tesoro y se vuelve millonario.

Joaquín corrió a agarrarlo y lo tomó entre sus manos con cariño, su expresión amorosa fue el mejor regalo que recibió Maite. Los caniches por primera vez dejaron de saltar en ese silencio que por fin se hizo entre un tema y otro, el motor del inflable parado y los adultos sin hablar. El acto fue del niño, pero el alivio fue general. Nadie supo cómo llegó hasta ahí el aparato, porque nadie se atrevió a decir que lo había hecho. Y no hicieron falta más que pocos segundos para que la historia continuara sin parar, ahora entre dulces empalagosos, trufas, magdalenas y una torta de dos pisos en forma de corazón donde Maite pudo soplar sus velita con el número cuatro para las nueve de la noche.




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