• Muchapalabreria

Pequeño detalle

Por Ayelen Rodriguez


Se le cayó la hoja al lado de su pie y tuvo que ir a buscarla. Le dió miedo, vergüenza, o una mezcla de las dos cosas un poco rara. Compartían la oficina desde hacía dos años y cría que lo amaba. El no lo sabia y ni se lo imaginaba. A decir verdad, no lo sabía nadie, no se animó a decirlo nunca. Se acuerda perfectamente de aquella mañana cuando él empezó a trabajar ahí. Ella ya llevaba como cinco meses tratando de hacer funcionar la cafetera a fuerza de golpes y el, de pronto, el primer día la trató suavemente y logró sacarle el mejor expreso de su historia. Carla era una persona común, con una vida común. Su simpleza era digna de resaltar. No le entusiasmaba nada ni se apasionaba por nada y nunca se había enamorado, hasta que Ricardo empezó a trabajar ahí. Hoy, al levantar esa hoja del piso, y al sentirlo muy cerca, tal vez rozar su zapato, olerlo, sí le entiasmaba, claro. Ya era una señora grande, pensaba, para avergonzarse por eso. Tal vez podría esperar a que fuera el horario del almuerzo, a que él se levantara de la silla, viera la hoja, se diera cuánta que era de Carla, y se la alcanzara. Pero en todo caso, pensaba, el saludo diario diplomático de buenos compañeros se profundizaría en: "tomá, está hoja creo que es tuya" o alguna frase similar, que al acompañar un cruce de miradas propiciaría un contacto casi físico en esa extensión que iría de la mano de él a la hoja y de la hoja a la mano de ella. O quizá, pensó después, él se levantara de la silla y nunca notaría la hoja en la alfombra. O peor aún, concluyó, no iría a almorzar con lo cual podría pasar mucho tiempo hasta que se levantara. Ese papel era importante para seguir la agenda del día. Entonces, se exigió adentrarse en la aventura. El monocroma que decoraba la oficina en grises, el aire apelmazado de una calefacción eléctrica y constante y la poca ventilación en ese octavo piso alfombrado, de techo bajo que acompañaban la escena, no fue impedimento para que Carla se hiciera la película e imaginara un atardecer en la playa donde el sol iba escondiéndose sobre las olas del mar y ella iba corriendo a los pies de su amado. Entonces cuando ya en el piso quiso levantar la hoja aplastada por la pata de la silla estaba pisándola, tuvo que hablarle. Y él gentilmente, siempre tan amable, cortés, cariñoso, cómo había sido con la máquina de café cinco meses antes, se levantó de la silla, y se agachó para darle la hoja, y cuando extendió su mano para acercarsela, ella lo vio en su dedo. Inocentemente nunca se le había ocurrido es posibilidad. En ese segundo en el que todo se desvaneció y la oficina volvió a su frialdad monocromática, Carla de la forma más espontánea que se pueda imaginar le pregunto: "¿Hace cuanto estás casado?".



Gracias al colega que me regaló esta foto de su dibujo a mano alzada en crayones; creo que representa la cara posible de la protagonista al percibir el pequeño detalle.

Fue el souvenir de una charla de Watsapp sobre hijas, literatura, pintura y psicoanálisis en el 2019.

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