El buffet mental
- Muchapalabreria

- hace 11 minutos
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Por Monka*
Estaba acostada, mirando un video. Uno de esos que no atrapan, que se escurren como agua tibia sobre el alma.
Mi mente, en cambio, era un buffet de club de barrio: mesas llenas, voces cruzadas, opiniones que se solapan, gritos, risas, silencios sospechosos.
Con el tiempo descubrí que mi mente no era una sola voz, sino una casa antigua, con muchas habitaciones. Algunas con puertas abiertas de par en par; otras cerradas, con el pomo frío como el juicio. Y otras… apenas entornadas, susurrando nombres.
Fui aprendiendo a entrar en cada cuarto. A veces por necesidad, otras por azar. Y ahí estaban ellas. Las habitantes de mi psique. Las que arman mi rompecabezas interior.
Ada, de mirada aguda, la inaccesible. No se deja engañar por palabras dulces. Descalifica antes de que la lastimen. Guarda silencio con elegancia, pero su escudo está afilado.
Lucy, la del orden amoroso. Guarda las emociones en cajitas rotuladas. Sabe de horarios, de cuidados, de pequeños rituales. Cuando se desequilibra, quiere controlarlo todo. Se vuelve inflexible. Exige perfección.
Gertrudis, una extensión de Lucy, pero con el reloj en la mano y un radar moral encendido. Detecta irresponsabilidades a kilómetros. Exige puntualidad, coherencia y que cumplas lo prometido. Gracias a ella no te olvidás de los cumpleaños y aniversarios.
Lucy y Gertrudis a veces se alían y crean maravillas. Pero otras se agotan mutuamente, como dos engranajes que se rozan demasiado.
Runin, la exigente, la que quiere ser la mejor o no ser nada. Se mide con estándares invisibles. Si no gana, se castiga. Le cuesta soltar. Se olvida del juego y solo ve la competencia.
Nina, la que no corre. Vive en su zona de confort como una reina en su hamaca. No ambiciona conquistas ni aplausos. Si le dan a elegir entre un trofeo o una siesta, elige la siesta.
Allegra, la más liviana, la más libre. Guardiana de la alegría espontánea. Celebra el cuerpo, el movimiento, el gozo sin culpa. Pero si la juzgan, si la apuran, si la miran mal… se apaga sin ruido.
Violeta, la impaciente. Fuego en los ojos, chispazos eléctricos en la lengua. No espera. No tolera la lentitud emocional. Su frase habitual: ¿tanto cuesta entenderlo?
Luna, de andar errante, no usa agenda. Tiene corazonadas en lugar de mapas. Vive en el “vamos viendo”. Si algo no fluye, no lo fuerza. Pero tampoco lo organiza.
Iris, la desbordada. Curiosa, entusiasta, empieza cien cosas y olvida noventa y nueve. Cosecha ideas como mariposas. Vive en el borde de lo no terminado.
Selva, la indomable. Coraje puro, dignidad en llamas. Cuando intentan minimizarte, aparece con uñas afiladas. Pone límites con arte y furia.
Isadora, la camaleónica. Se adapta tan bien que a veces se pierde. Se mimetiza en los vínculos. Se silencia. Pero cuando su límite se llena… no explota: desaparece.
Ese buffet mental era un caos armónico. Cada una reclamaba su turno.
Lucy hablaba. Gertrudis tomaba nota. Violeta interrumpía. Ada levantaba la ceja. Allegra bailaba sola. Runin criticaba. Nina bostezaba. Iris se distraía. Isadora susurraba. Selva tensaba los hombros. Luna se estiraba como un gato al sol.
Y entonces… apareció ella.
No entró. Se manifestó. Como una llama que se enciende en el centro del pecho.
Thaisis.
No tenía un color. Los tenía todos. Era una luz suave, dorada, que no enceguece pero revela. Caminó sin ruido hacia el centro del salón invisible donde todas estábamos reunidas. No dijo “silencio”. Pero todas callamos.
Su mirada era antigua. Su presencia, maternal y firme.
—Yo soy la que observa —dijo, con voz de río profundo—. La que no necesita opinar para comprender. La que recuerda que cada una de ustedes es valiosa… pero incompleta sin las otras.
Todas la reconocimos. Thaisis no era nueva. Era la raíz. La voz anterior. La que estaba antes del caos.
La que sostiene la totalidad.
Lucy respiró profundo. Selva bajó la guardia. Violeta dejó de fruncir el ceño. Runin cerró los ojos. Allegra sonrió.
Y en ese instante entendí:
No se trata de callarlas, ni de ordenarlas.
Se trata de escucharlas desde Thaisis.
Desde ese centro sereno, sabio, integrador.
Desde esa voz que no juzga, pero todo lo ve.
El video seguía en la pantalla. Pero ya no importaba.
Porque yo también me manifesté.
Y me senté en el centro de mí misma.

*Monica Lancillotti es atleta y profesora de Educación Física, madre, abuela y escritora. Viajera incansable, recorrió el mundo, pero descubrió que los viajes más inesperados también pueden comenzar frente a una página en blanco. Escribe desde la curiosidad, la memoria y la imaginación. Aún conserva la capacidad de asombrarse como una niña y dice que, cuando sea grande, quizá descubra qué quiere ser. Ver más de la autora ACÁ.

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