Mi diario de Bariloche
- Muchapalabreria

- 24 nov 2025
- 4 Min. de lectura
Por Ayelen Rodriguez
Primera entrega:
Acá de nuevo tratando de captar algo que no sea solo con fotos sino también con palabras. Palabras de la trama, texto de la textura, textura como marca visible e invisible del hecho de dejarse atravesar por la experiencia.
La sensibilidad al palo.
La aventura de las exploradoras todo terreno queriendo exprimir cada gota del jugo de este viaje, caminatas, museos, cerros, el sonido del lago golpeando las piedras. El corazón al galope, los pies en el agua helada, colectivos para llegar, aves para viajar.
Por eso escribo, si es que vale una razón.
Por eso y porque no sé cuántas veces voy a volver a ver este mix de marrones, celestes y verdes. Como lágrimas los blancos en el cielo y como estrellas los rayos del sol entre la maleza y en el oleaje en la orillita.
La capitana está grande. ¿Cuántas vueltas más le podrá dar a esta calesita sin interesarse en otra cosa?
Pero así, redonda y redundante, cíclicamente perfecta es la vida. Porque cuando gira y ve a la adulta que la acompaña hablando con desconocidos, temerosa en la aerosilla, riéndose por una anécdota, cantando en la ruta, acariciando perros, se ve a ella misma, en unos años, siendo la que siempre fue.
Segunda entrega:
Ya encontré la casa de mis sueños (foto1), solo que ella aún no me encontró a mí.
Alguien me dice que descanse, que estoy de vacaciones. Pero no viene a descansar señoras y señores, yo vine a pasear. Cosas distintas.
Amapola viaja en barco. Llegamos a un puerto, caminamos, nos hacemos amigos, comemos sanguchitos. Nos quedan rojos los cachetes por el sol. No paramos. Seguimos paseando. El cole va cargado y las piedras golpean la puerta de bajada en esta ruta rústica patagónica. Polvo y cansancio. Pero seguimos paseando.
La aerosilla da la sensación de estar volando, la bajada puede ser a la velocidad de un tobogán. Qué intensidad visual y física maneja Bariloche. Sube y baja. Sol y lluvia. Después vendrá la nieve.
En Colonia Suiza me tomé unas pintas. Una de "frambuesa", mientras comía cordero en guisado en un pan de campo y escuchaba cantores. Los tulipanes rojos y amarillos brillaron. Se sigue tratando ni más ni menos que de la intensidad visual.
Compré anillos a artesanas y chocolates en cada rincón oliente a café.
Yo creía que los colores en Bariloche que veía en fotos eran filtrados por algún artilugio de las redes sociales. Pero no, así de azul se ve el agua y así de azul el cielo y así de rojiza esa cabellera hermosa que va por los senderos sonriendo sin dientes a cualquiera que la saluda.
Ayer pensaba que por gusto los dos pibitos que supieron traerme al mundo decidieron llamarme Ayelen, que en mapuche significa "alegría". Se trata de esas cosas que nadie sabe bien pero que tienen que ver con la historia, con la identidad, con la tierra. "Ayelen" no se traduce a ningún idioma y suena tal como en mapuche. Como Bariloche, que también proviene de la palabra mapuche Vuriloche, que significa “gente del otro lado de la montaña".
Tercera entrega:
A veces veo un color.
Hace poco escuché a una persona ciega decir que para imaginarse cómo ve un ciego no hay que cerrar los ojos, porque eso sería ver negro pero los ciegos no ven negro, pues lógicamente, no ven, no ven nada. El ciego explicó, hay que imaginarse los ojos en otro lado, tal vez en la nuca, dijo, para tratar de entender, acaso lo imposible, entender e imaginar cómo ve un ciego (que no ve).
A veces veo un color.
La ceguera no me tocó por ahora pero igualmente hace mucho que entreno muy bien mis otros cuatro sentidos. El oído sobre todo.
A veces veo un color.
Por temporadas me pasa.
Hace unas semanas que veo blanco, más blanco que antes, blanco donde antes no lo había. Blancos, donde antes había solo uno.
Fue porque vimos nieve. Y vimos nevar.
Y ahí había blanco, en el suelo y en el cielo, y brotaba blanco de sus manos, también de sus ojos y de su pelo.
Su ropa tenía dendritas, cristales de hielo, pecas, pompones, semillas de nieve blanca.
Copitos de nieve sobrevolaban nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestras risas.
Hizo un muñeco, blanco.
Hundió sus pies en la masa blanca, mezcla de hielo, agua y escarcha.
Sacó su lengua para comer las chispitas blancas de nieve mientras caían.
Fuimos blanco.
A veces veo un color.
Por temporadas me pasa.
Ahora creo ver a Blancanieves en algunas mujeres caminando por Buenos Aires, una pared reluciente recién pintada en un departamento, el borde de una zapatilla nueva que compré, una nube en la primavera... Algunas cosas que veo me llaman la atención de otro modo, me recuerdan que mi sensibilidad guarda registro, que mi cuerpo estuvo ahí, que hubo un día en mi historia que es inolvidable y que cada vez que vea un blanco impoluto, una cosa tan blanca donde se pose mi mirada, yo volveré sobre la blancura del Cerro Catedral el día que mi hija conoció la nieve.













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