• Muchapalabreria

Humedad

Por Ayelen Rodriguez


Llueve y el agua humedece todo. La quietud de la lluvia hace ruido. La quietud de mi cuerpo limitado por la lluvia mueve en mi interior un sentimiento de empatía con fuerza. Con fuerza como las gotas que golpean contra el piso, contra los charcos, contra el metro de agua que tiene el señor de Laferrere adentro de la casa desde hace casi una semana. La imagen es desoladora. Y no es la primera vez que la veo. El tipo se ve desamparado. Él, y toda su familia. Desamparados. Sin agua y sin luz. Sin ilusión. No deja su casa porque le afanan lo poco que le queda si se va. No deja su casa porque tiene una impotencia adentro que cuando mira a la cámara intimida al espectador. Y aunque está en la tele siento que me está mirando. Sí, me está mirando a mí. Un pibe de la Cruz Roja, se acerca en gomón hasta la puerta de su casa con una doña de otra punta del conurbano que hizo tortas fritas para acercarlas a quienes están inundados. La señora dice que lo hace porque ella estuvo en esa situación alguna vez. Una señora se solidariza con el semejante. Y no es la primera vez que lo veo. Esa señora podría ser yo. Ese señor agarrando la torta frita, última comida del día, también podría ser yo. Pongo la cuchara en el pote de dulce de leche de nuevo, y el dulzor intenso en mi boca es opacado por la amargura de esta realidad totalmente cruel. Cruel e injusta. Las gotas de lluvia no paran. Y sí, se inunda de nuevo. Si para ahora, algún día volverá a llover. Y ahí se vuelve a inundar el conurbano. Y no es la primera vez que lo veo. El tipo me sigue mirando, aunque está la propaganda. Entonces, abrazo a mi hija dormida. Recuerdo que el año pasado, en La Matanza, un bebe murió ahogado tras caerse de la cama. Sí, así de terrorífico como lo acabas de leer. Se murió ahogado. El terror es paralizante. Yo estaba quieta. Pero ahora estoy paralizada. La lluvia que humedece todo, también humedeció mis ojos.



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