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#10
Cómo escribir tu primer cuento, un anti-procedimiento posible (o parte 2)

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Se termina esta primera temporada de #SANDIAYMAYONESA y, claro que sí, lo hacemos con la segunda parte del “cómo escribir tu primer cuento”. Si todavía no leíste esa primera entrega, andá y volvé, o arrancás por acá y seguís por allá, porque como ya dijimos, esto no es un paso a paso, sino una suerte de guía para tener a mano.

Entonces, ¿por dónde estábamos?

6) Te lo pedimos porfisplis, alejate de los gerundios

Quien ya haya pasado por un taller de escritura creativa sabrá de lo que hablo y de la afrenta total que se tiene contra toda palabrita terminada en -ando -endo y su toda su parentela repetitiva. Sí, hay motivos para el rechazo, pero no es que esté prohibido tampoco, como a veces se da a entender. 

Si ya hay algo escrito, una entrada de diario, un borrador de cuento, sería recomendable ir a ese texto con resaltador en mano y marcar todos los gerundios que se usaron. ¿Son muchos? Bueno, he ahí el primer problema, si tenés muchas palabras terminadas en “ando” seguramente se están creando, para empezar, rimas involuntarias. Ese exceso de “-ando” y “-iendo” puede generar un efecto monótono, repetitivo o incluso ridículo, según el contexto. Ahí es donde el gerundio se vuelve un problema rítmico además de gramatical: satura el oído del lector y rompe la cadencia de la frase.

De nuevo, este es un detalle que se pule con el tiempo, con la práctica, con leer mucho, escribir mucho, releer mucho y reescribir mucho. Es muy probable que el primer borrador no se escriba más que con el ímpetu de la idea, del desarrollo de la acción, y que su autor no esté al pendiente de palabra más o palabra menos. Sin embargo, sí estará atento en su relectura y ahí es donde empieza el trabajo fino que toda escritora o escritor debemos intentar hacer.

borradores, escribir es reescribir.jpg

7) Yo, vos, ella… ¿Quién?

Como ya dijimos, no hay una única manera de empezar a contar una historia, cada escritor tiene su propio método. Algunos necesitan hacer un croquis antes de arrancar, cuáles son los personajes, qué quieren, cuál es el conflicto, una suerte de storyline. Otros, en cambio, empiezan a escribir sin saber bien a dónde van, esperan a que la historia aparezca en tanto se mantengan en la cruzada de seguir adelante, teclado o lapicera en mano. En lo que sí estarán de acuerdo todos, una vez que la historia apareció, es en darle un lugar claro a la voz que la narra.

Si agarramos las primeras cuatro o cinco novelas que tenemos a mano, o cuentos, y empezamos a leer de todas los primeros párrafos, casi de inmediato entendemos qué voz se está jugando ahí. ¿Alguien que protagoniza la historia? ¿Alguien que es testigo y que está involucrado? ¿Alguien que lo sabe todo, incluso lo que piensan los personajes? ¿Alguien que no es testigo, que es más bien alguien que “lo sabe todo”, pero que en realidad “lo sabe todo solo de un personaje”, incluso lo que ese personaje piensa, pero que no sabe nada más? 

Esta será de las grandes decisiones al momento de escribir: quién cuenta, desde qué lugar, qué punto de vista tiene. Y el desafío: mantenerse fiel a esa elección, no caer en trampas, que a veces se presentan como soluciones mágicas a un momento de la narración al que cuesta darle un cierre.

8) Relea, recite, reescriba, repita

Así tal cual. Salvo excepciones rarísimas y, claro, muchos piensan que son esa excepción, nada de lo que escribimos de un plumazo está perfectamente escrito. En general todo va a necesitar revisión. ¿Revisar qué? Sentido, coherencia, claridad, personajes, espacios, mundos, pero también sintaxis, campo semántico, repeticiones innecesarias, rimas involuntarias y tanto más. 

Sí, hay personas que se dedican a hacer este tipo de lecturas y sugerencias de correcciones, lectores beta o correctores literarios, pero antes que ellos, siempre es absolutamente necesaria una lectura criteriosa por parte de los mismos escritores. Parafraseando a Oscar Wilde, un escritor debe ser también un crítico literario de su propia obra.

Entonces, paso 1, releer lo que se ha escrito. Marcar lo que sea plausible de modificación. Paso 2, leer en voz alta. Nada nos va a dar más información sobre lo que “suena mal o raro” que una linda lectura en voz alta. Leer en voz alta para una misma e incluso que alguien lea por nosotras. ¿Qué llama la atención? ¿Hay muchas palabras que terminan o suenan parecido? ¿Hay oraciones muy largas que se enredan solas? ¿La puntuación es correcta, es decir que ayuda a una buena lectura? ¿Las descripciones son eficaces o muy generales?

Paso 3, reescribir, porque escribir es básicamente reescribir. No hay un buen escritor o escritora que no haga dos cosas: leer, leer muchísimo, a otros y otras y, segundo, reescribir. Reescribir no significa borrar todo lo que se hizo y volver a empezar sino trabajar con lo que ya se tiene. Atender a los pasajes que no son claros o que necesitan más profundidad, a los personajes que no son coherentes con ellos mismos, a los momentos del conflicto que se vuelven demasiado herméticos y dejan afuera a los lectores, etc. Reescribir es uno de esos eslabones que hacen a la base de toda obra que querramos llamar “literaria”.

Paso 4, repita. Y sí, que nadie se sorprenda, reescribiremos hasta el hartazgo si nos dejan (nota al pie que hago acá mismo: afirmación no convalidada por el cesarairanismo). En este sentido, es famosa la frase atribuida a Jorge Luis Borges sobre que, en definitiva, él publicaba sus obras para dejar de corregir. También hay alguna entrevista subida en youtube donde afirma que una única publicación presupone al menos una docena de borradores. ¿Es obligatorio tener una docena de borradores de una poesía, un cuento, antes de publicar? No. Nada, absolutamente nada en el arte es obligatorio, salvo, quizás, el criterio.

cesar aira.jpg

9) ¿Quién dijo que termina?

En este punto abordamos eso que hoy conocemos como “el final de la enunciación”. No hay por qué ponerse técnico, es el famoso “no se cómo terminar la historia”. 

Hace una o dos décadas se pretendía que el cuento fuera una especie de relojito o máquina de encastres perfectos. El final de la historia debía proponer algún tipo de develación. Claro, como toda regla o imposición, bueno, estaba destinada si no al fracaso, sí a que apareciera algún rebelde. 

La cosa es que los finales ya no son lo que eran y esto no es precisamente algo malo. Los cuentos cuentan historias, momentos en la vida de un determinado conjunto de personajes (humanos, animales, máquinas, etc) y, como en la vida misma, no necesariamente ocurre algo impensado hacia el final de ese pequeño fragmento de vida. Muchas historias incluso son “conocidas”, repetidas: alguien se enamora y termina con el corazón roto o alguien se enamora y tiene un largo y feliz romance. No importa tanto de qué se trate esa historia sino de cómo está contada: lo que no se dice, la personalidad de quienes intervienen, la voz de quien narra, el mundo que se construye. Preocuparse por este armado, por la fluidez de la interacción de estas herramientas dentro del texto, será siempre mucho más importante que el “cómo termina”. 

Resumiendo (nótese el gerundio), hay tiempo para el final, y probablemente ni siquiera necesitemos pensarlo tanto (acá el cesarairanismo dice que sí). Lo que importa es empezar a escribir, descubrir en qué mundo nos estamos adentrando, a donde quiere ir y a quiénes nos quiere presentar.

 

10) Consignas de escritura

 

A esta altura del partido, capaz ya tenés una idea en la cabeza. O una imagen. O una frase suelta que te gusta y no sabés bien por qué. Pero a veces (más veces de las que nos gustaría admitir), nos pasa que queremos escribir y no tenemos ni idea sobre qué escribir. Acá es donde entran las famosas consignas de escritura.

Una consigna no es una tarea escolar, aunque a veces nos suene así. Tampoco es una limitación creativa (aunque puede plantear un límite). Una consigna es, sobre todo, un disparador: algo que te invita a entrar a la escritura desde un lugar que quizás no habrías elegido por tu cuenta. Puede ser una frase inicial, una escena obligatoria, una palabra que deba aparecer, una estructura a seguir. Incluso puede ser una consigna formal: “escribí un cuento sin adjetivos”, “escribí una historia donde todo suceda en una sola habitación”, “escribí desde la perspectiva de alguien que no entiende lo que está pasando”.

El objetivo no es que la consigna te enmarque, sino que te mueva. Que te saque del lugar cómodo. Que fuerce un poco tu lenguaje, tus ideas, tu imaginación. Muchas veces, lo que sale de una consigna no termina siendo un texto cerrado, pero sí puede ser la primera piedra de algo más grande. Incluso puede pasar que la historia se termine alejando de la consigna inicial… y está perfecto. La consigna no es el fin, es el punto de partida.

Hay quienes las usan como entrenamiento: escriben con una consigna distinta cada semana. Hay quienes las usan cuando están trabadas. Hay quienes las buscan como quien busca un oráculo. Y también hay quienes las inventan para sí mismos. (Recomendación: si algo de lo que escribiste te interesa, pero no sabés cómo seguir, probá darte una consigna a vos misma: por ejemplo, “escribí lo que pasó diez años antes” o “contá la misma escena pero desde otro personaje”).

En los talleres literarios las consignas cumplen, además, otra función: poner a muchas personas a escribir bajo el mismo marco. Y eso es oro puro para aprender. Vas a ver cómo de una misma propuesta salen textos completamente distintos. Ahí te das cuenta de que el cómo pesa más que el qué. Que todos pueden escribir una historia de amor, pero no todos lo hacen del mismo modo. Que la voz, el tono, la decisión narrativa, eso es lo que arma un texto. Y que, muchas veces, esa voz se descubre escribiendo con (o a pesar de) una consigna.

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entrevista a jorge luis borges.jpg

 

Hasta acá entonces

 

¿Tenés ganas de escribir? Hacelo ya mismo, de lo que sea y como sea. Ya habrá tiempo para releer y reescribir. ¿Ya estás escribiendo? No dejes de leer, sí, a alguien más que no seas vos mismo/a. ¿Te gusta más la lectura que la escritura? Dicen por ahí que todo gran lector es un escritor que no ejerce y, también, que todo lector, al leer, está reescribiendo. 

 

Sea como sea, abracemos el arte y, en nuestro caso en particular, abracemos los libros, las historias, las palabras. ¡Qué fruta noble la palabra!

Nos leemos pronto. Siempre, con mucha literatura y, claro, con mucha mayonesa.

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