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Una defensa del extravío, la fe literaria y esas veces en que la poesía gana
Dice May Sarton que si bien la poesía es lúdica, se trata de un juego sagrado. Mi amiga me prestó un libro, Poeta chileno de Alejandro Zambra. Lo leí en tres días. Un poco porque tenía que devolverlo, me lo prestó a mí cuando ya se lo había prometido a alguien más; un poco porque me interesó. Me cuesta estar en los detalles, retener, hacer conexiones, probablemente sea ese uno de los motivos por los cuales escribo: escribo para entender. La poesía tiene un poco de eso, la invención de un lenguaje nuevo o al menos el intento, la búsqueda, de poder decir algo para lo que no tenemos palabras todavía; de ahí lo del juego sagrado, un tipo de magia o mística, un ritual por el cual recombinar las palabras cotidianas para formar algo más.

Mi amiga, que me recordó a Sarton y que me prestó un libro de Zambra, también escribe. Me crucé con un meme estos días: “no leas tanto que te estás poniendo loca” dice la frase sobre un video de un gato negro que grita, se ríe y muerde un almohadón. Hace un tiempito, un poco más de un mes, me invitaron a participar de un encuentro poético en Bernal. Llovía. Puse el gps y me mandó a la dirección equivocada. Hacía frío y era de noche. Y yo estaba cansada porque me mudé hace poco y en vez de irnos a las sierras, decidimos que mejor nos quedábamos para hacer los arreglos de la casa nueva, y ese día por la tarde estuve dele puntear la tierra, plantar arbolitos, hacer macetas. Marido me dijo que en términos de la frase pavota, ya tengo todo: tuve un hijo (dos, y son hijas), planté un árbol (divino el Crespón), escribí un libro (les conté sobre eso en ediciones anteriores). Entonces ahí estaba yo, en la esquina equivocada, bajo la lluvia, con la bolsa de gaseosas en la mano, tratando de llamar a la chica del Refugio Poético para que me revele qué tan perdida estaba yo y, mientras, claro, me preguntaba: ¿qué estoy haciendo? Debería subirme al auto y volver a La Plata. Pero no. Y no tenía que ver con la juntada, con el compromiso, tenía que ver con la poesía. Porque la poesía es lúdica, pero es un juego sagrado. Quienes nos entregamos a lo literario, estamos buscando algo, no sabemos bien qué, pero lo buscamos con una fe que es de temer. Al final llegué, porque “tarda en llegar, pero al final hay recompensa”. Que se repita pronto El patio de la poesía de May, ya me se el camino.
Una de las páginas de Zambra menciona a Adorno, un tipazo. Mentira, no lo quieren mucho, medio facho el buen hombre, un elitista del arte; y necesario también, es el tipo de las preguntas incómodas. Dice el libro: “la poesía, después del golpe [militar] ya no es posible (...) pero yo sigo escribiendo, no puedo evitarlo (...) No me doy ni cuenta y ya escribí un poema”. Es un poco así. Todo está dicho. Qué se puede decir que no esté publicado ya. Algunos responden a eso que hay que seguir escribiendo porque justamente, aún dicho el mensaje, todavía no se entendió. Yo creo que hay un poco de eso, pero también creo en el delirio, en la compulsión de la poeta, que no se da cuenta y sigue escribiendo. Que un poco poseída está y como poseída que es, no es consciente hasta que lo es, llámese esta consciencia reescritura y corrección. Entonces, la poeta: profeta, bruja, alquimista. Como sea, alguien que es capaz de conectar con mundo más allá del que tocamos. La mesa puede ser otra cosa, el cielo, las hojas de un árbol. Una idea que se quiere bajar a tierra, al papel, porque es más grande que una misma, porque es irresistible, porque no tenemos la fuerza para rechazarla.
Mi amiga, resulta que publicó un libro. De poesía. Mi amiga es poeta. “(...) si publicas un libro, eres poeta. Quizás te arrepientes, pero ya publicaste un libro de poemas, así que eres poeta para siempre, cagaste.”, otra frase de Poeta chileno. No voy a mentir, Poeta chileno me gustó y no me gustó. Reúne las peores cosas que puede tener un libro para mí: 1) a veces me quiere decir cómo pensar; 2) el autor la está pasando bárbaro y se olvida de mi yo lectora. Lo que me gustó: la prosa ligera, amable, poética. Los guiños literarios: nombres de poetas, la mayoría chilenos. El tópico padrastro-hijastro. Después hay cosas más bien debatibles: que el autor intervenga con su voz en la obra, que haya una novelita corta adentro de la novela. Si me pongo en modo booktoker, le doy tres estrellitas de cinco. Pero no le digan a nadie porque en goodreads todos amaron este libro y les parece la maravilla más grande del mundo. Aparte lo recomendó Julieta Venegas, entonces no puede fallar: inserte aquí un signo de pregunta entre paréntesis.

No soy de la zona, así se llama el libro de Abigail Dana, editado por Halley. Cuarenta y cuatro páginas de encantamientos. No exagero. Se sabe que la poesía puede ser hermética, intensa. Que se la juega en los límites de la sintaxis. Que rompe y reacomoda la semántica “como una niña que no puede explicarse” (Felisberto Hernández). Que inventa para construir infinitos sentidos. Y hay algo de autorreferencial también. Fragmentos. La poesía es un collage inagotable del que las poetas arrancan pedazos y los traducen, nunca del inglés al español, sino de un idioma universal a otro que nadie aprendió todavía. De eso se valen muchos pseudopoetas para decir que lo suyo también es arte: acá me pongo adorniana, así que mejor no me explayo. Pero no es el caso de No soy de la zona, este libro se disfruta, es hipnótico. No es una maraña de palabras inconexas porque sí, no; hay delicadeza, precisión, ritmo, sentidos, efectos. De nuevo, si me hago la influencer de libros, cinco estrellitas de cinco, y recomendárselo a todo el fandom y a mi familia que los amo (mi generación que vio La llama que llama, entenderá)

Entonces eso, la recomendación del día: jueguen a la poesía. Regalen(se) poesía. Y si es un libro que te recomienden, mejor. Y si es en una juntada nocturna con gente chapita y hermosa, tanto más. Vayan a las presentaciones de los libros. Piérdanse, incluso si el gps insiste: ahí empiezan los poemas.
