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#14
En el 11° aniversario del #niUnaMenos: Delmira Agustini, ser poeta, ser mujer

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 Ven, oye, yo te evoco.

 Extraño amado de mi musa extraña (...) 

                                        (“Misterio ven”)

Así dicen los primeros dos versos de un poema de tantos, de una poeta uruguaya que quizás no conozcas, pero que sin dudas deberías. La voz poética que construye no pide, mucho menos suplica, por el contrario, atrae, clama, exige. Y la cosa no se queda en lo terrenal, porque tampoco le tiembla el pulso para dirigirse a un dios y decirle “dejá nomás que yo te explico”:

 

Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego...
Pido a tus manos todopoderosas,
Su cuerpo excelso derramado en fuego
Sobre mi cuerpo desmayado en rosas!

                                    (“Otra estirpe”)

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Delmira Agustini nace en 1886 y muere en 1914, asesinada por su ex marido. Pero mucho antes de eso, con unos catorce o quince años, se acerca a una editorial con su primer manojo de poemas y los lee. Les encantó. Los poemas sí, mucho, y también ella. La llamaron niña prodigio, pero sobre todo la llamaron niña y para describirla usaron todas las cursilerías de la época: hablamos más o menos del mil novecientos y moneditas, cuando era impensado que una mujer, mucho menos tan joven, pudiera abordar temas tan comprometedores como la sensualidad y el erotismo. Dicen de ella: “de quince años, rubia, azul, ligera, casi sobrehumana, suave y quebradiza como un ángel encarnado y como un ángel lleno de encanto y de inocencia”. Una figuración que disiente con las fotos de la época, donde se la ve robusta, pícara y muy humana. A los señores de aquellos años al parecer no les quedaba otra que aniñarla, crear una especie de mito a su alrededor, la idea de que esta niña no era capaz de entender de lo que hablaba; porque “esta niña, esa bijou, esta cosita tierna y sonrosada, escribía una poesía impregnada de los ardores de Safo.” Y para prueba, este poema:

 

Amor, la noche estaba trágica y sollozante

Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante
Tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;

Bebieron en mi copa tus labios de frescura (...)

                                              (“El intruso”)

los calices vacios delmira agustini.jpg

 

Lejos de frustrarse por el trato condescendiente, Delmira se convierte no solo en poeta, sino también en su propia editora, publicista y promotora. En sus libros ocupaba el prólogo para contar cómo había sido su trabajo de escritura, pero también para mencionar aquello que tenía entre manos para próximas publicaciones, creando así la ansiedad por la espera de lo que vendrá. Había algo más: cada vez que publicaba un poemario, enviaba copias a diferentes escritores y utilizaba sus opiniones después, todas muy buenas siempre, para validarse en el campo literario. Las publicaba en sus obras, en un apartado especial; algo como lo que se hace hoy mediante las fajitas que rodean la tapa de las novedades literarias.

El mito de la niña

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Los años del modernismo fueron esos donde el lugar de la mujer en el poema era de objeto, nunca de sujeto. Y la mujer como figura dulce, ingenua, de belleza angelical pero, más que nada y sobre todas las cosas, virgen. ¿Quién no recuerda a Rubén Darío y a sus cisnes blancos, puros y requete castos? Pero Agustini no estaba hecha para eso del objeto, ni dentro ni fuera del poema. Entre sus veinte y veintiséis años se estima que inició y mantuvo una correspondencia amorosa con quien luego se convertiría en su esposo. En esas cartas, la mujer que se encontraba explorando con seriedad las formas de la expresión poética y del erotismo lírico, se mostraba a través de un juego entre tierno y analfabeto: usaba la “media lengua”, describía travesuras cotidianas y firmaba como “La Nena”; seudónimo con el que la llamaban en la intimidad de su casa, sus padres, quizás una especie de máscara que la mantenía separada de su otra mitad, la poeta, capaz de abordar los temas que ponían nerviosa a la época. Lo cierto es que en 1913 publica su obra maestra, Cálices vacíos, “el primer grito de la sexualidad poética femenina en la América hispánica”, y con ella no solo se pone a la vanguardia sino que se convierte en quien abrirá caminos para poetas como Gabriela Mistral, Alfonsina Storni o Juana Ibarbourou.

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Ni el Indio ni Borges ni Bioy…

No puedo soportar tanta vulgaridad, le dijo Delmira a sus padres apenas unas semanas después de casarse con Enrique Job Reyes, el novio con quien mantuvo visitas y cartas durante unos seis años. Se divorciaron muy rápido y ella volvió a la casa materna, pero continuaron viéndose como amantes hasta el 6 de julio de 1914, cuando él le dispara y luego se suicida. Cualquier parecido con la realidad…, ya todas sabemos.

 

La intensa realidad de un sueño lúgubre

Puso en mis manos tu cabeza muerta;
Yo la apresaba como hambriento buitre...
Y con más alma que en la Vida trémula
Le sonreía como nadie nunca!...
¡Era tan mía cuanto estaba muerta!

Hoy la he visto en la Vida, bella, impávida
Como un triunfo estatuario, tu cabeza!
Más frío me dio así que en el idilio
Fúnebre aquel, al estrecharla muerta...
¡Y así la lloro hasta agotar mi vida...
Así tan viva cuanto me es ajena!

                                         (sin título)

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Vivas nos queremos

A once años de aquel primer grito colectivo que fue el Ni Una Menos, volver a Delmira Agustini no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino un acto de estricta justicia. Su historia nos recuerda que la violencia machista siempre ha intentado disciplinar a las mujeres que se atreven a adueñarse de su propio deseo, de su cuerpo y de su palabra. Por eso, traerla al presente es entender que nuestras luchas actuales se tejen sobre el suelo que otras empezaron a abrir: el derecho irrenunciable a elegir cómo vivir, cómo escribir y de quién ser, que no es más que de nosotras mismas.

Clic acá para ver la entrada de Sandía y mayonesa de #niUnaMenos 2025

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