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Descoronavirus

Actualizado: 17 de jul de 2020

Por Ayelen Rodriguez


Erase una vez, en un lugar muy muy lejano, una ciudad que vivió la peor de las tragedias: un virus mortal, un enemigo invisible había provocado un estado de emergencia sanitaria. Amenazaba con enfermar a muchos por su rápido poder de propagación y colapsar el sistema de salud imposibilitado la adecuada atención de quienes la necesitaran.

El Descoronavirus, así lo habían llamado, se trataba de un virus atípico que se daba en situaciones de aislamiento, para el cual no había cura. Por primera vez, las autoridades tomaron medidas drásticas: los ciudadanos se vieron obligados a socializar de manera permanente, día y noche. Creyendo que sería algo fácil de poder desempeñar, las personas organizaban reuniones, fiestas, peñas, congresos, campeonatos. Se divertían compartiendo, asombrados de vivir un momento que parecía de ciencia ficción.

Algunos escépticos ante la tragedia, osaban mantenerse retirados en sus casas hasta ser demandados por vecinos. En esos casos, las fuerzas de seguridad con su rápido accionar los multaba severamente y les exigían salir y relacionarse con otros a la intemperie haciendo cumplir la voluntad de las autoridades.

La medida, que en principio fue leve, con el correr de las semanas se volvió extrema. El gobernante y su equipo advirtieron que cuanto antes pudieran evita contagios masivos, lograrían equiparse con una mayor cantidad de insumos y recursos: se esperaba un pico de contagio y muertes, y pretendían "bajar la curva". Por lo tanto, decretaron la extensión de las medidas para todos, sin excepción. Así, todas las actividades debían realizarse al exterior. Las casas quedaron deshabitadas y se permitía entrar de a una persona, cuando fuese necesario, para retirar ropa y otros objetos personales. Los lugares de encuentro pasaron a ser hogares: shoppings y restaurantes contaban con camas cuchetas a los costados de pasillos por si algún cliente pretendía una siesta. Las personas empatizaban con su familia y amigos más que nunca: entendían que estar juntos era necesario, obligatoriamente lo era, y llevarse lo mejor posible era primordial.

De a poco las quejas de los adinerados por compartir espacio con aquellas personas de bajos recursos se hicieron notar. Quienes vivían en situación de calle, se manejaban de forma extraordinaria pero quienes no podían disfrutar de las comodidades a las que estaban habituados, no se acostumbraban a compartirlo todo y a no poder hacer uso de sus bienes con libertad.

Se avecinaba una crisis económica importante porque la salida permanente obligatoria había incluido un alto nivel de consumo al principio de la epidemia, que desde hacía semanas había bajado notablemente: las personas no le encontraban sentido a comprar.

La gente extrañaba estar en la intimidad de su casa, y con la extensión de las medidas aparecían otros sentimientos. Las personas comentaban que ya no querían que les cocinaran en restaurantes, ni que les limpiaran, como en los hoteles, sino que querían imperiosamente preparar sus propios alimentos y acondicionar a su antojo los espacios. No poder dormir en cama propia ni higienizarse en baños privados comenzaba a ocasionar estados paranoides, trastornos del sueño y de ánimo. También, claro, trastornos de alimentación y la propagación de enfermedades de transmisión sexual.

La medida resultaba favorable para el fin por el cual había sido tomada: se había logrado atenuar el impacto del Descoronavirus. Pero las personas estaban enloqueciendo, la gente buscaba el encierro y aparecía la idea de recluirse para marcar un límite. Fue ahí donde los gobernantes midieron riesgos. Los profesionales cambiaron de estrategia obligados por situaciones extremas. En un acto vandálico, los pudientes tomaron los countries e ingresaron a sus casas incumpliendo toda norma. Un grupo de personas pidieron ser detenidas y llevadas a prisión sin haber cometido delitos preferían la cárcel a esa pseudo libertad desmedida. Entonces, empezaron paulatinamente a permitir el aislamiento social y todo parecía volver a la normalidad, pero "la normalidad" nunca volvió a ser la misma.



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