• Muchapalabreria

Pasuco*

Actualizado: 27 de may de 2020

Por Luis Seroni**


Alcides Quiroga ató su caballo al palenque de la pulpería y antes de entrar ya recibió la primera cargada. Don Pascal desde enfrente le gritó: átelo fuerte al matungo, no vaya a ser cosa de que se le suelte y salga al galope. Algunos parroquianos se asomaron por la ventana y rieron.

Alcides se adentró en la pulpería y se acodó al mostrador de estaño. Felipe lo saludó con otra burla: Buen día Alcides, ¿qué le sirvo? Una grapa, contestó. ¿No quiere una para el pasuco?, tal vez se endereza, agregó, ante la risa burlona de todos. Mientras tomaba la grapa escuchó: al pasuco le toman el tiempo con un almanaque. No era fácil para Alcides aguantar, si fuera uno, lo encaraba, pero todos se mofaban de su caballo. Se sintió incómodo y contrariado. Pidió otra grapa como para no irse rengo, pero ya estaba decidido a darle una solución al tema de la burla. Hizo un saludo general y algunos entre risas se asomaron para verlo partir montado en su pasuco. Camino al rancho lo había resuelto, sacrificar al caballo, era la solución. Por la mañana se levantó bien temprano, lo ensilló, y salió para el campo de Benítez, era hombre de andar armado y además le debía un favor. Cuando llegó se bancó sin chistar el comentario sarcástico: buen día Don Quiroga, ¿No lo vi en la carrera de cuadrera el domingo? No me gusta robarle la plata a los pobres contestó Alcides.

Eso está muy bien, venga pase que estoy ensillando el mate, comentó Benítez. Como al cuarto amargo le preguntó: ¿Qué lo trae por acá? Le vine a pedir un favor grande contestó Alcides. ¿Así, y de qué se trata? Necesito que me preste un arma para sacrificar un animal. ¿Y es grande? Sí, contestó Alcides. Don Benítez sin más preguntas se fue para el galpón y volvió con un revolver calibre 44, que entregó en mano. Viendo la impericia con que lo recibió y trataba de guardarlo, dijo: deme, deme, y se lo arrebató de las manos con cierto enojo. Volvió al galpón y lo envolvió en unos trapos, de pasada manoteó una bolsa de arpillera que usaba para pescar ranas en la laguna. Lo metió adentró y le entregó la bolsa. Tiene un poco de olor pero le va a servir para llevarlo. Por su peso, no es una arma para llevar encima además tenga cuidado, está cargada. Cuando se despidieron Benítez le recomendó que no se demore en la devolución, él no era de andar prestando armas, es más, es la primera vez que lo hago. Solamente por qué es usted el que la pide, y le debo una gauchada, agregó.

Alcides ató la bolsa en su apero. Cruzó la tranquera con su pasuco y ese andar tan particular que tenía. Cuando llegó al rancho lo desensilló y le sacó el cabestro. Luego, le puso agua y abundante alfalfa, Alcides se fue para el rancho con la bolsa a esperar la tardecita. Pensó que era la mejor hora para sacrificarlo. El sol estaba bajo cuando salió con la bolsa del rancho, le puso un bozalal y lo sacó caminado. El caballo lo siguió, medio desconfiando por llevarlo de tiro y sin montura. Fueron por el camino que rodeaba la laguna hasta el final donde estaba enterrado su padre y su abuelo. Le pareció un buen lugar para hacerlo. Diez metros antes de llegar el pasuco se empacó como una mula. Se clavó en el barro y no había forma de hacerlo caminar. Como si supiera su destino. Lo tironeó de boca un rato largo, pero no había forma de moverlo, además lo miraba fijo casi sin pestañar como diciendo: si me vas a matar qué sea, acá.

Alcides le soltó las riendas y no se movió, le extrañó que no se vaya a comer pasto fresco al borde de la laguna, el cual le gustaba tanto. Apoyó la bolsa en la tierra y la abrió. Desenvolvió el revólver y lo manoteó como pudo. No era muy ducho con las armas, una vez había tirado a unas latas con la escopeta del tata, pero de muy gurí. Ahora era bien distinto. Se iba a llevar una vida, no va a ser fácil, pensó. La empuño y apunto. El pasuco lo miró fijo. Le tembló la mano por el peso, pero más, por los nervios. Bajo el revólver y recordó cuando su finadito padre se lo había regalado. Lo había criado guachito a mamadera. La yegua había muerto en el parto, vino atravesado de nacimiento. La alegría que tenía su padre cuando se lo dio, la pucha se dijo. Levantó otra vez el arma y le volvió a apuntar. El pasuco clavado con los vasos en el barro, lo esperó. Dudó tanto que se le cansó el brazo, bajó el arma y recordó al tata cuando lo ayudó a domarlo, casi que no sufrió maltrato, era dócil y se amansó rápido. Le volvió a apuntar. Ahora recordó las veces que lo había traído borracho al pago sin que él pudiera siquiera sostener las riendas. Sintió las presencias de los finaditos en su espalda, como si estuvieran viendo lo que iba a hacer. Bajó el arma e hizo una pausa larga para pensar. Era un caballo noble, no era él, quién tenía el problema. Lo miro y le dijo: Sos bueno hasta para morir. Agarró el revólver con las dos manos,a pesar del temblequeó disparó. Se alborotaron los patos de la laguna con la explosión, retrocedió unos pasos del susto. Ahí quedó en el barro, la bala le había atravesado la cabeza.Cuando el sol se ocultó en el horizonte volvió caminado para el rancho. Con ese andar tan particular que tenía el pasuco.



*Caballo pasuco: A derecha e izquierda. Sincronizando patas y manos. Avanza con sus extremidades en línea.

**Luis Seroni nació en la cuidad de Quilmes, provincia de Buenos Aires en 1962. Vive en Bariloche desde los años 90. En el 2019 editó su primer libro Dejando el silencio atrás. "Pasuco" formará parte de su próximo libro Cuarentena de cuentos. Su mail: seroni@speedy.com.ar y su facebook ACÁ.


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