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Perfecta incomodidad

Actualizado: 9 de jun de 2019

Por Ayelen Rodriguez


Muchas veces la maternidad incomoda. No me refiero a esa incomodidad que se da con otres, a fuerza de miradas penetrantes y críticas gratuitas; o de comentarios desafortunados de gente poco empática; o de haber cometido un error y sentirte culpable. Porque sobre esas incomodidades podrá haber muchas o pocas según tu entorno, los lugares y las personas que puedas elegir y fundamentalmente también, dependerá mucho de cómo logres asumir que equivocarte es la única forma de aprender, y eso es parte.

Muchas veces la maternidad incomoda cuando tú cuerpo yace de un solo lado noches enteras, y tu hije en el medio de la cama te abraza, te pide teta, te respira tranquile, y llega un momento que gustarías cambiar de lado, pero no querés darle la espalda y hasta temés dormirte muy profundamente, y molestarle, lastimarle o aplastarle quizá.

A medida que pasan los meses vas tomando coraje para girar y tal vez ponerte boca abajo alguna vez, porque el centro del pecho viene necesitando estirarse tras haber estado hundido varias noches seguidas en esa postura de costado que te hizo sentir dolores internos que nunca antes habías percibido. "¿Pueden doler los órganos?", te preguntás con seriedad.

Muchas veces la incomodidad se presenta en una leve curvatura que cobija tu espalda, producto de criar en brazos al bebé, que con el correr de los meses ya tiene el buen apodo de "bebote" y con casi 10 kilos aún no camina, claro, porque le falta un poco, es un bebote no más. Esa curvatura que termina en joroba para los 11 meses, y que es la señal de que fuiste muy afortunada pudiéndole hacer upa todas las veces que lo necesitó, que te lo pidió, o bien que lo necesitaste vos, para tenerle cerca y mimarle, besarle y olerle.

A estas alturas el dolor físico es continuo y total y te acostumbras a vivir con él. Es incómodo casi todo, porque todo el tiempo te duele todo. Seguís durmiendo mal como desde cuándo nació. Ya te habían dicho que iba a ser así; tal vez, hasta el final de tus días nunca más vuelvas a dormir con la tranquilidad necesaria que te acompañó durante tus primeros 30 años.

Y ni hablar del momento del baño. En cuquillas, arrodillada o sentada en un banquito mientras le pasas el shampoo, el jabóncito, la espumita; mientras juega con sus chiches acuáticos, y agarra el chorro de la canilla descubriendo que eso es inagarrable, que el agua se desliza, sueave y fuerte con la presión de un chorro que vela por mantener caliente el agua de su bañera. La espalda no te da más de nuevo pero, le gusta tanto la hora del baño, que te la aguantas un ratito más.

Claro, ya lo dije arriba, es todo incómodo, porque el cuerpo te duele todo, íntegro, desde los pelos hasta los tobillos, entonces cada movimiento, postura, esfuerzo, es un pesar agobiante pero necesario, tortura amorosa si las hay.

Hablo de mi espalda, de mi revés, pero podría hablar de mi delantera de mi frente. De horas dando la teta, en una demanda de amor que saciás hasta secarte, metáfora que es sentida como realidad y que cuando dura mucho (muchísimo) tiempo hace que pidas ayuda porque no das más. Y otra vez no das más, y es incómodo. Y no comes tranquila, ni te bañas tranquila, ni haces tus necesidades, ni muchas otras cosas, con la armonía de antes.

💦

Pasa el tiempo. De la incomodidad, esa que invade todo, tu cuerpo, tus espacios, tu intimidad, haces magia. Das el amor infinito de madre, que implica adaptarte a tu hije, conocerle, entenderle, cuidarle, respetarle... criar. Ya entendiste que no es un ser que vino para adaptarse a tu vida, seguirte en tus horarios, acompañarte. Es al contrario. Vino para que le acompañes, aprendas, te adaptes y reorganices. Eso es lo que más incomoda. Y duele. Y es difícil a veces. Y no tiene que ver con que es un bebé, no necesariamente. Hay algo de esta "invasión" a la intimidad que es eterna. Tener un hije es un compromiso para siempre. La frase es trillada pero es verdad: un hije es para toda la vida.

Así y todo seguís durmiendo de costado, seguís haciéndole upa, seguís dándole la teta, seguís bañándole en cuquillas. Porque no cambias por nada la incomodidad perfecta de ver a tu hije feliz. Lo voy a repetir: no cambio por nada la incomodidad perfecta de ver a mi hija feliz. Esa incomodidad privada, que es una ofrenda de amor desmedida, pero que mientras le observas tratando inocentemente de agarrar el chorrito de agua, te preguntás: "¿sabrá lo mucho que le amo?".




La ilustración es de mami.ilustra.


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